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Entrevistas
28/12/2025

Nicolás Tereschuk

“El mundo globalizado de los últimos 40 años está tomando otra forma”

“El mundo globalizado de los últimos 40 años está tomando otra forma” | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

El triunfo de Kast en Chile y la intervención política, económica y militar estadounidense en América Latina subrayan el afianzamiento de la derecha radical en el continente. Pero el nuevo estado de cosas está lejos de consolidarse. “El desafío es cómo pararse en este nuevo mundo, cómo volver a representar a las mayorías”, plantea el politógo y docente universitario.

Daniel Giarone

El triunfo de José Antonio Kast, con un aplastante 58,3 % de los votos en el balotaje que definió la elección presidencial en Chile, encendió las alarmas de quienes ven en el auge de la derecha radical en el continente un riesgo para la democracia, al menos tal como la conocíamos hasta ahora.

Después de casi dos décadas de gobiernos populares en América Latina, el ciclo de inestabilidad política iniciado en 2015 y que tuvo en la pandemia su momento más crítico, parece decantarse hacia el surgimiento de propuestas de ultraderecha.

Esto ocurre en un mundo que está redefiniendo las relaciones de poder y la forma de resolver los conflictos entre las naciones, pero también una nueva cultura, gobernada por la técnica y la devastación cultural y ambiental, y el modo en que las personas se vinculan entre sí.

Es que el planeta entero está cambiando “en términos tecnológicos, geopolíticos, bélicos, comerciales y tecnológicos; de vinculación entre las personas, de la vida privada, de cómo se conforman sus familias, de la natalidad”, advierte en un extenso diálogo con Va Con Firma el politólogo y docente universitario (UBA y UNSAM) Nicolás Tereschuk.

El analista, que acaba de publicar “Progres del mundo. Qué hacen las fuerzas políticas que se enfrentan a las derechas radicales” (Futurock Ediciones) y es director del Instituto Argentina Grande, subraya además que “son muchos cambios y muy acelerados, por lo que el desafío es cómo pararse en ese nuevo mundo y cómo volver a representar a las mayorías”.

De la revolución a la restauración

- En seis años, Chile pasó del estallido social que condujo al gobierno de Gabriel Boric, expresión de los sectores sociales y políticos movilizados, a la elección de José Antonio Kast, manifestación de la derecha radical ¿Cómo se puede explicar este viraje?

- La situación actual sigue siendo hija de ese gran despertar de la sociedad civil chilena, que tuvo como puntos de inflexión las manifestaciones estudiantiles de 2015 y el estallido social de 2019. Este último fue muy inorgánico, con ribetes violentos y una represión muy fuerte, con personas a las que se les disparaba a los ojos. El sistema político chileno era más a la europea, digamos, y eso cambió mucho. Chile, junto con Uruguay, es uno de los países de la región con un sistema político estable, en términos de cómo las reglas constriñen a los actores, con un funcionamiento muy previsible, al menos hasta que surgieron este tipo de movimientos. Ahora todo se vuelve más imprevisible, desde cuáles son los partidos políticos y sus estrategias y alianzas, hasta el modo de funcionamiento del propio sistema. Y con presidentes, como Sebastián Piñera o el propio Boric, que terminan su mandato con muy bajo nivel de popularidad.

- ¿Esto significa que el sistema político chileno se “latinoamericanizó”?

- Sin llegar a tener situaciones de inestabilidad presidencial, hay un fenómeno nuevo. Fragmentación, outsiders, coaliciones que funcionan de otra manera a la que lo hicieron desde el fin de la dictadura de Augusto Pinochet y presidentes que se vuelven impopulares, sean de uno u otro signo político.

- ¿En qué medida se puede leer el triunfo de Kast como parte del “giro a la derecha” de la región en la última década?

- En el último cuarto de siglo tenés, por un lado, el giro a la izquierda, que es bastante previsible y largo, que va de fines de los 90 hasta aproximadamente 2015, con dos hechos claves: la salida del poder de Cristina Kirchner en Argentina y el impeachment a Dilma Roussef en 2016 en Brasil. A partir de entonces, lo que empezó es un ciclo con mucha inestabilidad, donde básicamente se impone “el opositor”. Un ciclo con muchas dificultades de los gobiernos para estabilizarse, desarrollar una agenda, poder definir o influir en cómo son las sucesiones. Todavía estamos, me parece, en ese lugar, pero uno tendría que poner un signo de interrogación,un asterisco sobre lo que pueda ocurre a partir de ahora.

- El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, ¿puede darle estabilidad a esa nueva etapa?

- El efecto de ese proceso se plasma en diciembre de este año, en la Estrategia de Seguridad Nacional que publica el gobierno estadounidense. Allí este deja claro que va a priorizar gobiernos que tengan un tipo de agenda en América Latina y también en Europa. Y que van a actuar, como ocurrió en la elección legislativa de Argentina y en la presidencial de Honduras. Y esto es bastante novedoso. No quiere decir que Estados Unidos y sus embajadas no tuvieran históricamente una estrategia e influencia, pero no de esta manera.

El patio de atrás

- El gobierno de Trump asumió una intervención económica, política y militar en América Latina mucho más decidida que sus antecesores, incluido su primer gobierno…

- Y de manera explícita, que no es algo menor, como fue la intervención en el mercado de cambios de la Argentina en octubre o los movimientos militares que hay en este momento en el Caribe. Creo que lo que conocimos como globalización es lo que está cambiando. Los organismos multilaterales están siendo torpedeados, por ejemplo, para pasar a un esquema de grandes potencias. Entonces, el lugar de América Latina, y por ende también el de su sistema político, está empezando a tomar otro cariz. Habrá que ver si este ciclo largo de inestabilidad se mantiene, con ventaja para las oposiciones, sea cual sea el signo político al que pertenezcan, o ingresamos en otra etapa.

- Por lo pronto se mantiene la derechización, no solo por los triunfos de Milei y Kast, sino también con los gobiernos de Daniel Novoa en Ecuador, Santiago Peña en Paraguay, José Jeri en Perú o Rodrigo Paz en Bolivia.

- Sí, pero no me parece que sean todos iguales. No creo que Novoa o Peña sean parte de la derecha radical. Los identifico, por el momento en el que surgen y el proceso del que derivan, con el sistema de partidos y de poder existente en sus países. Incluso Kast, con su discurso en torno a la seguridad y la inmigración, posee una agenda que se parece más a las de la derecha radical del hemisferio Norte. A lo que hay que sumar el peso de la institucionalidad en Chile, entendida como normas y reglas que constriñen más a los actores, que cambian menos en el tiempo y no son tan discrecionales como en otros países de la región.

- ¿La derecha radical necesita atravesar la institucionalidad?

- Trump en Estados Unidos ha dictado una gran cantidad de órdenes ejecutivas, el equivalente a los decretos en la Argentina, en muy poco tiempo. Es la idea de vulnerar lo conocido, las reglas. Es lo que vemos en el caso de Milei, cuando está obligado a aplicar la emergencia en discapacidad, el financiamiento universitario y la emergencia pediátrica y no lo hace.

Lula y Brasil, rara avis

- Lula aparece como una suerte de rara avisen este contexto, ya que se mantiene en el gobierno sin ceder protagonismo en términos geopolíticos ¿Cómo se puede pensar su gobierno, y a Brasil en general, en esta etapa dominada por la inestabilidad?

- Brasil tiene características diferentes. La primera es que muy temprano tuvo un gobierno de derecha radical, el de Jair Bolsonaro. Y a ese gobierno le tocó atravesar la pandemia, y eso causó efectos. También fue pionero en el uso del sistema legal como arma política de una manera que no conocíamos hasta acá, lo que derivó en el encarcelamiento de Lula. Pero, además, fue el país en el que distintos actores políticos, con cierto respaldo del gobierno de Estados Unidos de ese momento, desandó ese camino. Esto derivó en la liberación de Lula, en que se hicieron públicos los procesos judiciales amañados y ciertas decisiones judiciales.

- Incluso quedó en evidencia la decisión de la derecha radical de sortear principios básicos de la democracia liberal…

- Sí, pero también en el proceso electoral anterior, de Lula frente a Bolsonaro, hubo una presencia muy fuerte de todas las agencias del gobierno demócrata de los Estados Unidos advirtiendo que iban a ser muy duros si se vulneraban los procedimientos electorales.

- Y la economía, que también tuvo un peso específico importante.

- Brasil atravesó una crisis económica muy fuerte, la recesión más larga y pronunciada de sus 500 años de historia. Entre que Dilma salió del gobierno y apareció Bolsonaro fueron tres, cuatro años con una recesión impresionante. Lo que está pasando ahora con Lula se da dentro de esta particularidad, con actores políticos y económicos bastante compactos respecto a otros países de la región.

Progres del mundo, uníos…

- Describías transformaciones profundas, tanto en las relaciones entre las potencias como en las dinámicas de cada país ¿Cuáles son los desafíos que tienen las fuerzas populares o progresistas en un ciclo tan vinculado a la inestabilidad y la incertidumbre?

- Los desafíos son muchos. El principal es ser conscientes de los cambios, de que el mundo globalizado de los últimos 40 años está tomando otra forma. El mundo que salió de la pandemia tiene otra forma. En términos tecnológicos, geopolíticos, bélicos, comerciales y tecnológicos; de vinculación entre las personas, de la vida privada, de cómo se conforman sus familias, de la natalidad. Son muchos cambios y muy acelerados. A partir de esto creo que el desafío es cómo pararse en ese nuevo mundo y cómo volver a representar a las mayorías.

- ¿Las fuerzas y movimientos populares perdieron el rumbo en términos de representación?

- Creo que tienen que buscar formas de representar y de unificar demandas y visiones que hoy están separadas, partidas, fragmentadas, pero que no van en línea. Hay muchos actores sociales que no están bien ni cómodos, que no están alineados con las derechas radicales. Hay grandes desafíos en términos de lenguajes, prácticas y organización para acompañar a esos actores a tomar vuelo.

- ¿Cuán urgente es encontrar un camino?

- Álvaro García Linera sostiene que estamos en lo que llama un tiempo liminal. Es decir, que cada 60 o 70 años en el mundo, después de un periodo de estabilidad, todo entra en un paréntesis y comienzan a redefinirse las cosas. Con el gobierno de Trump está ocurriendo eso, aunque no se ha estabilizado. Asoma un nuevo esquema global, pero todavía se está definiendo cómo funcionará políticamente, geopolíticamente, tecnológicamente, comercialmente, en términos bélicos, etc. Entonces me parece bastante natural que nuestros dirigentes no tengan una receta cerrada y clara.

- Pero por otro lado la realidad parece empujar definiciones…

- Hay que intervenir para que esas definiciones sean de una forma y no de otra, no hay que quedarse de brazos cruzados. Pero me parece que hay que estar mucho más amigado con la indefinición, con una incertidumbre muy radical, que supone no estar seguro de cómo se va a hacer eso. Por ahí esto quiere decir que hay que organizarse de otra manera, que hay que darle más lugar a la sociedad para que tome la voz, que hay que abrir los partidos políticos. Hay que ser innovador en cómo las fuerzas políticas se organizan. Es muy difícil que esto venga de arriba para abajo, como una receta.

Comunidad y organización

- En tu último libro, “Progres del mundo…” planteas que no alcanza con lo discursivo ni con lo programático para pensar alternativas a la derecha radical, sino que hace falta recuperar la dimensión organizativa, comunitaria, territorial ¿Por qué?

- Las fuerzas políticas que proponen un capitalismo vinculado a la democracia y a la justicia social tienen un debate interno más o menos común, en todo el mundo, en términos de si radicalizarse o moderarse. Algunos dicen haberse pasado demasiado hacia la izquierda y otros que se han moderado mucho. Yo tengo como hipótesis que es difícil pensar que el problema es solo de mensaje o de programa. Ni la comunicación ni el programa, que por supuesto son necesarios, tienen la centralidad que hoy adquiere lo organizacional y lo comunitario.

- ¿Se trata de recuperar formas organizativas y comunitarias para enfrentar la lógica hiperindividualista y economicista de las nuevas derechas?

- Se trata de ver cómo las fuerzas populares se vuelven más cercanas, cómo están al ras, más embebidas en la sociedad, actuando en conjunto, tanto en la sociedad nacional como en lo local, según el modo en que transcurre la vida de la gente en cada lugar. Si esas fuerzas políticas están muy alejadas, hablando de cosas lejanas, o si están trabajando codo a codo, a veces sin decir soy del partido tal, sino ayudando a organizar, a solucionar problemas, siendo parte de la vida comunitaria, que hoy está muy herida y polarizada.

- ¿Cómo se representa en este contexto lo comunitario?

- La reconstitución de lo comunitario tiene que ver con que a mí también me importe lo que le pasa al vecino. Me tienen que importar los discapacitados aunque no los haya en mi familia, la universidad pública aunque no la utilice, la posibilidad de ir al Hospital Garrahan aunque nunca tuve que recurrir a él. Menciono estas tres cosas porque han penetrado de un modo muy fuerte en el debate nacional. Hay muchos diputados que, aún con acuerdos políticos con el oficialismo, no pudieron votar contra la emergencia pediátrica ni por el recorte de recursos destinados a la discapacidad y a la universidad pública.

- Una suerte de reconstitución del tejido social…

- Tiene que ver con preguntarnos: ¿Por qué tiene que pasar esto? ¿Qué es una Nación? ¿Qué significa ser argentino? ¿Qué tiene que ver conmigo alguien que vive en otra provincia o en otro barrio? Poner en cuestión eso de “yo me arreglo con la mía”. Creo que nuestras fuerzas políticas tienen que ayudar a intervenir en eso y una de las deudas que tienen, de las agendas pendientes, es cómo se organizan de otra forma para facilitar ese tipo de procesos.

- ¿Se trata de poner en cuestión cierto orden simbólico y discursivo que se hizo sentido común?

- A veces en el barrio la gente cree lo mismo que dicen en un canal de televisión o en el streaming, porque no hay nadie diciendo otra cosa. Ni siquiera nadie conversando y diciendo, che, ¿sabías que hay otra cosa? ¿Sabías que quizás no es tan así? O quizás discutiendo con la gente, en el sentido de decir “yo no estoy de acuerdo con esto”. Pero se puede discutir si estás cerca, si estás a la par, porque si venís de arriba y decís “yo no estoy de acuerdo”, marchaste. Si estás arriba no estás acá con nosotros. Hay que encontrar esto. Creo que lo organizativo así puede tener lugar.

29/07/2016

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