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Estamos viviendo en un país, donde sus habitantes, inducidos a vociferar, “Viva la libertad, carajo”, encuentran en la realidad la ausencia de destino. Sin destino la libertad no cuenta. Se lucha por la libertad cuando se está convencido de ser, tarde o temprano, una Nación, con todos sus atributos soberanos
Se enajenan los recursos naturales, se cierran las empresas industriales, se libera a los ricos de cargas impositivas que se le imponen al ciudadano de a pie, se adhiere sin ningún condicionamiento al imperio norteamericano que nos separa del destino latinoamericano, objetivo sanmartiniano.
Además el gobierno gestiona sin importarle nada. No se detiene ante ninguna incompatibilidad constitucional ni ante la violación de leyes.
Mientras las medidas que definen en la práctica esos tópicos van cobrando realidad, la Nación se va desdibujando, perdiendo referencias históricas y entrando al túnel de la anomia. Así vencida, Argentina, será presa fácil del sometimiento al imperio y a las grandes corporaciones, limitando su parte contractual a una mínima expresión donde sus legítimos derechos ni siquiera son tenidos en cuenta.
El pueblo pierde su iniciativa y calla. Espera demasiado resignado el final de una historia que, de consumarse, todo hace pensar que lo arrastrará a un retraso humillante.
El desconcierto es patrimonio de inmensas mayorías que no entienden porqué las minorías adictas a este gobierno son ignorantes y crueles, como el Rinoceronte de Eugene Ionesco, cuando ilustraba en una obra de teatro del absurdo, las consecuencias sociales del régimen nazi, cuyas características plasmadas en ese animal de la selva eran la mayor maldad y la mayor torpeza.
Nos preguntamos si lo que quede de la Argentina, después de este desgobierno, alcanzará para considerarla que aún está viva y con fuerzas para emprender una recuperación honrosa.
Esta gente que gobierna ha perdido la noción de Patria, manipula las instituciones a su antojo, difunde mentiras y empeñado como está en lograr objetivos económicos, insiste en recorrer caminos que ya se ha probado históricamente que conducen al fracaso.
La adhesión electoral que Milei recibe no tiene, al cabo de tanto tiempo, una explicación que ni los politólogos ni los analistas más lúcidos han podido explicar. Las hipótesis que se formularon no dejan de considerar la perplejidad del resultado y una vez más, esta vez como una ratificación tenemos a los saqueadores en el poder político.
Se ha dicho que no hay mal que dure cien años y esa segura caducidad del régimen, apura la esperanza que mucho de lo destruido pueda ser reparado y puesto en vigor nuevamente, en especial el daño social y la resignación del menoscabo soberano.
En cuanto a las manifestaciones de torpezas que abundan en su gestión, cabe mencionar la última que se difundiera: el cociente de la inflación de enero no le convenció a Caputo por ser políticamente inculpatoria de mal gobierno cuyas evidencias se han ido manipulando, han decidido hacer un cálculo diferente a la búsqueda que un número más presentable.
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