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Columnistas
24/01/2026

Venezuela en la encrucijada global

Venezuela en la encrucijada global

Venezuela en la encrucijada global | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Los países de América Latina que cuentan con economías de módico tamaño nunca serán una potencia militar, pero no por eso la resignada deposición de toda resistencia ha de ser doctrina castrense.

Juan Chaneton *

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Trump podrá ser un hombre anormal y violento, que es como, frecuentemente, lo impugnan los medios, pero no encarna una tendencia histórica del capitalismo. El período presidencial 2024-2028, en los Estados Unidos, se perfila para pasar a la historia como un anómalo "Estado de excepción" de cuatro años de duración. Una anomalía dentro de la anomalía, digamos.

La Psicología nos ofrece un modelo conductual que, trasvasado a la política, permite una mejor inteligibilidad del contencioso global cuya insólita violencia mantiene a la humanidad entera al filo de lo irremediable: así como un acto reflejo autodefensivo puede estar encubriendo una personalidad con tendencias suicidas, un espasmo coyuntural autoritario y violento no debe ser confundido con las dinámicas sistémicas de largo plazo.

Así, para captar la tendencia histórica del capitalismo global, no deberíamos mirar lo que hace un gobierno escandaloso que responde a peligros nacionales inmediatos y presuntos sino, mejor, a la constante amenaza de quiebre del marco institucional de ese capitalismo y las fricciones cada vez más graves entre las propias élitesque lo componen.

En suma, no estamos, con las políticas de Donald Trump, ante una tendencia histórica del capitalismo y su inclinación relevante no es a ponerse cada vez más violento, sino a ingresar, recurrentemente, en conflictos entre sus centros de poder, vale decir, Washington, la Unión Europea, Japón (que acaba de "ayudar" a Ucrania con u$s seis mil millones), incluso Inglaterra, que esos son los emporios del capital globalizado.

Tal es así, que esa sedicente tendencia se halla bajo riesgo de colapsar gravemente dentro de diez meses (legislativas de noviembre) y de desaparecer del escenario en tres años, que es cuando los demócratas, si los republicanos agravan la debilidad que exhiben hasta hoy, se harían con el gobierno nuevamente para bregar por la "democracia, los derechos humanos y un orden mundial basado en reglas". Es éste el bagaje ideológico (que ahora está en pausa) destinado a perpetuarse como superestructura cultural del "tardocapitalismo"; o a perecer al cabo de una dinámica de ciclos y crisis inherente a ese sistema global cuya estructura básica se configuró, en las últimas décadas, en torno a los mercados abiertos, la apertura comercial y la deslocalización de las cadenas de valor en busca de extremar la baratura de la mano de obra asalariada.

En Estados Unidos, la alternativa cultural a Trump es el wokismo, una ideología perversa que legitima lo peor bajo el disfraz de la libertad y que se difunde por el mundo sostenida por los mismos que financian las masacres conocidas como "revoluciones de colores". Pero, en el fondo y al interior del país, las cosas no lucen mejores, pues esa sociedad estadounidense funciona como recientemente lo ha recordado Greg Grandin: "el autoritarismo aquí funciona a través de las instituciones que los progres dicen que debemos defender" (https://ctxt.es/es/20260101/Politica/51746/Sebastiaan-Faber-Alvaro-Guzman-Batisda-Greg-Grandin-Donald-Tump-Estrategia-de-Seguridad-Nacional.htm).

Y si se repitiera un fracaso demócrata más allá de 2028, ello daría pábulo a lo que ahora sólo parece insinuarse borrosamente como diagnóstico: la crisis sistémica del actor global Estados Unidos, consiste en que la excrecencia proteccionista, ilegalista y violenta que puso al país de espaldas a su histórico campo de pertenencia ideológica, tiene como alternativa la opción "globalizadora" cuyo fracaso hizo posible, precisamente, la irrupción de aquella excrecencia. Y una alternativa crepuscular y trémula como esa, más bien sería un preludio del ocaso y el umbral de una consolidación: la del orden multipolar.

Por lo demás, Donald Trump comete un pecado capital: obstaculiza, con sus políticas, el libre desarrollo de las fuerzas productivas del mercado. Cada vez que esto ocurrió en la historia de la humanidad, el elemento distorsivo no tardó en ser procesado, degradado y eliminado, generalmente como consecuencia inmediata de conflictos sociales que incentivaba esa misma obcecación contrahistórica.

En este contexto, a América Latina no le está dado jugar ningún rol relevante en términos de catalizar la decadencia del hegemón, salvo la decisión política de adoptar las posiciones geoestratégicas con que el fortalecimiento del eje Moscú-Pekín interpela a las periferias subdesarrolladas. Sería la opción de los pobres de este mundo, diferente, por cierto, a la de las potencias "intermedias" a que aludió el canadiense Mike Carney en Davos el martes 20 de febrero último. Canadá podrá alucinar que uniéndose a Europa, diferirá daños pero, en todo caso, esa no es la opción latinoamericana, que pasa por la industrialización con el apoyo de quienes, en el mundo, tengan un interés objetivo en esa reconversión de las economías agroganaderas.

Toda otra opción es ilusoria o hija de una comprensible aspiración de participar. Pero el caso es que las dinámicas globales tienden a la universalización de la forma mercancía, todo tiene precio y el tamaño del PBI regional es mínimo en una región en que -según la CEPAL- el bajo crecimiento, el consumo privado y la demanda global de los saldos exportables no han hecho más que caer en 2025 sin perspectivas de mejora para 2026. (https://www.cepal.org/es/comunicados/la-cepal-senala-que-la-region-registra-cuatro-anos-seguidos-crecimiento-enfrentara-un). "De confirmarse estas previsiones, la región acumularía cuatro años de bajo crecimiento, con un crecimiento promedio anual de apenas 2,3%"., continúa el informe de la CEPAL.

El PBI, de Estados Unidos, en tanto, alcanzó, en 2025, los 30 billones de dólares y el de China los veinte billones (números redondos), bien entendido que la cifra correspondiente a EE.UU. implicó un 2% de crecimiento de ese PBI respecto del año anterior, mientras que China arrojó un interanual del 4,8% (https://www.worldometers.info/es/pib/pib-por-pais/). Lo que importa, ahí, no es la foto sino la película, que indica que la economía china se está expandiendo a mayor ritmo que la de Estados Unidos.

El caso es que todo esto ocurre en un contexto. Y ese contexto sugiere que la política se ha desplazado hacia una espacialidad global en la que la internacionalización que implica la globalización encuentra resistencias bajo el formato soberanista o mediante las tendencias centrífugas hacia las secesiones y, recientemente, también mediante la irrupción del proteccionismo desbocado y violento que encarna Donald Trump.

La conclusión es que sólo la soberanía nacional como programa puede conferirle a Latinoamérica un papel político más relevante en los asuntos mundiales. Y el crecimiento económico que requiere un programa soberano depende, en este escenario global, de los posicionamientos geopolíticos y geostratégicos que adopten los países. China, antes que nadie, se halla interesada en el crecimiento y la soberanía de América Latina. Es una exigencia de su concepción ideológica: paz en la casa común para hacer posibles los mercados robustos, los negocios, la prosperidad y la calidad de vida. Pero una política genuinamente soberana chocará, de modo inevitable, con el enemigo de China que también es, objetivamente, el de América Latina. El orden multipolar, en particular los flujos comerciales y culturales que podría disparar un acuerdo Mercosur-BRICS, contiene una apreciable carga de letalidad para los guerreros de la hegemonía mundial estadounidense.

Es probable que después de Trump, nada vuelva a ser exactamentelo que era antes, pero lo que también es probable es que los demócratas traigan a la Casa Blanca una rápida disposición a enmendar los desaguisados de Trump, en particular, la aspiración a fortalecer una renovada amistad con Europa lo cual, a su vez, disparará un también renovado belicismo antirruso. Aunque los actores tendrán que decidir, en simultáneo, en qué términos seguirá en pie la OTAN o si, como plantean algunas izquierdas europeas rojiverdes, lo mejor para todos será firmar la partida de defunción de esa aparcería militar. Es lo que parecen preguntarse, por otra parte, Le Pen, de Francia, y Meloni, de Italia. Empero, el déficit de estas políticas estadounidenses que encarna el partido Demócrata, estriba en que se trata de una geopolítica anticuada, pues resulta ser, en lo que atañe a la fobia antirrusa que declama la UE, un diseño de Zbigniew Brzezinski, quien lo proclamaba, hace treinta años, del siguiente modo: "... es esencial que no se produzca el surgimiento de ningún aspirante al poder euroasiático capaz de dominar Eurasia y, por lo tanto, también de desafiar a los Estados Unidos" (Z.B., El gran tablero mundial, Paidos, Bs. As., 1° ed. 1998, p. 12). Parece tarde, ya, para evitar esto, pues el instrumento ucraniano que encontrarán los demócratas a su regreso, ya no es el mismo: está roto y cansado. Y la simetría, además, indica que Rusia se ha fortalecido después de, prácticamente, haber ganado esa guerra proxy. La ironía, cruel para el imperio americano, es que los "nuevos" demócratas vendrán con sus alforjas rebosantes de programas viejos.

Sabemos ya que el sueño de toda la pequeñoburguesía democrática ha sido siempre concretar una opción anticapitalista sin efusión de sangre, de la cual huyen -razonablemente- como del diablo. Pero eso no es posible porque su enemigo nunca apela ni apelará al diálogo "democrático" sino a la violencia criminal, como se acaba de ver en Venezuela. No cabe dar vuelta la página y dar por hecho, sin más y sin preguntas incómodas, el crimen de lesa injerencia perpetrado por Estados Unidos. Esos interrogantes se refieren, por caso, a si el ejército venezolano podía o no responder como lo hicieron los internacionalistas cubanos que, a estar a lo que dicen los cables, combatieron por más de una hora sin que llegara ningún refuerzo de las FANB. Esto debería llamar la atención. Los helicópteros norteamericanos volaron como vuelan todos los helicópteros, a poca altura y no recibieron ni un rasguño. A lo que parece, así, el ejército venezolano no pudo o no quiso combatir. O evaluó que la asimetría de fuerzas tornaba vana, de entrada, toda resistencia. O tenía instrucciones de dejar hacer. Lo justo y bueno, sin embargo, no debería ser aceptar lo que ocurrió sin preguntas incómodas. El presidente Maduro, que supo ponerse al hombro el legado de Chávez, ¿fue traicionado o no? La Casa Blanca ofrecía 50 millones de dólares al que lo traicionara. El desemboque de esta situación en Venezuela, ¿es un gobierno soberano? Asumir que lo es resulta por lo menos difícil ante los dichos de los propios protagonistas: "En el sector petrolero venezolano, hemos extraído 50.000 millones de galones de petróleo. Hemos extraído 50 millones de barriles de petróleo de Venezuela en los primeros cuatro días...", afirmó Donald Trump.

Asimismo, la "encargada" Delcy Rodríguez decía, antes del secuestro del presidente de su país, que la "revolución bolivariana" era democrática y pluralista y que la oposición tenía allí todas las garantías. Pero ahora acaba de decir que "nos abrimos a un nuevo momento político respetando la diversidad ideológica", lo que resulta ser una contraditio in adjecto por no decir algo peor: pues ¿resulta que antes mentíamos pero ahora no, y nos disponemos a ser, en serio, pluralistas y democráticos? Mientras tanto, nadie le pide explicaciones a Padrino, el jefe del ejército, acerca de por qué no combatió. El superior jerárquico de Padrino es Delcy Rodríguez.

Los países de América Latina que cuentan con economías de módico tamaño (que es el caso de casi todos) nunca serán una potencia militar, pero no por eso la resignada deposición de toda resistencia ha de ser doctrina castrense. Los cañones pueden hacer mucho en poco tiempo, pero serán inútiles si se los usa todo el tiempo porque en las relaciones entre Estados todavía manda la política. Trump lo sabe, y está preocupado por las próximas elecciones de noviembre. Últimamente, hasta los "hispanos" le estáncayendo simpáticos, así lo dice.

Se está pariendo un nuevo orden mundial y sus contracciones anuncian que será necesaria la resistencia a la opresión. Ansiar la paz no es garantía de obtenerla. La opción de volver a agredir a Venezuela se le pone vidriosa al presidente norteamericano, pues si lo hiciera comprometería aún más su performance electoral venidera y, en un escenario perdidoso, lo destituirían y, previo juicio, iría a prisión, según él mismo lo ha asegurado.

Tal vez, entonces, las posiciones de las víctimas sean menos endebles de lo que parecen y no rendirse sea una alternativa, honorable y eficaz, al confortable posibilismo. En todo caso, el miedo, al menos en política, nunca es una visión del mundo.


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 



(*) Abogado, periodista, escritor.
29/07/2016

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