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Siempre se sospechó que el problema no era el estado en que se encontraban la libertad y la democracia en ese país de la Sudamérica septentrional, sino el estado dominial en que se hallaban los yacimientos de gas y petróleo en la cuenca del Orinoco, que son 300 mil millones de barriles y que constituyen el acervo nacional venezolano de reservas PROBADAS, al contrario de lo que sostienen ciertas narrativas.
(https://noticiaslatam.lat/20260104/el-mapa-de-las-reservas-mundiales-de-petroleo-quien-tiene-mas-oro-negro-1170076964.html).
Y no obstante las indisimulables ambiciones de EE.UU. por esos hidrocarburos, se abría paso un sentido común construido con opiniones políticamente correctas que se sumaban, sin demasiada reflexión, al coro mayoritario de impugnadores del sistema político bolivariano, al cual se presumía, sin admitir prueba en contrario, reñido con la “democracia”, con los derechos humanos y hasta con la estética. Sin perder el tiempo en reflexiones incómodas, no se advertía que semejante crítica a un país que venía de clausurar la ignominia de “Punto Fijo” (que repartió el poder del Estado entre dos partidos políticos durante medio siglo) era funcional, precisamente, a los enemigos de Venezuela y que esa impugnación in totumdel “régimen” no era, en realidad, convicción propia, sino el mainstreamopinacional generalizado por obra de la dictadura mediática de occidente y repetido sin cesar por las usinas -formales e informales- con que cuenta el Departamento de Estado en todo el mundo.
Secuestrar a Maduro, si bien se mira, está en la lógica de las relaciones interestatales que profesa el imperio americano en esta etapa crepuscular de su despliegue en el mundo. En esta lógica, el poder no se declama, se ejerce. Y nace no ya del obsoleto fusil, sino del misil, del portaaviones, del dron, o del grupo de asalto. Y de los campos electromagnéticos como insumo militar en la comunicación, la interferencia y la desinformación. Este poder, así, reposa sobre una narrativa previa que exorbita lo jurídico para ingresar, de lleno, en el campo político: el derecho es lo que dice el más fuerte que es derecho y es justo extenderse más allá de las propias fronteras, si nuestro territorio disponible no nos resulta suficiente y se vuelven necesarios unos recursos naturales que, no por yacer más allá, dejan de ser nuestros. Lo son porque los necesitamos.
Y un mundo en el cual se hubiese eliminado, y en el que hubiera desaparecido totalmente la posibilidad de la guerra, esto es, un globo terráqueo definitivamente pacificado, sería un mundo sin la distinción del amigo y del enemigo y, por tanto, un mundo sin política (Carl Schmitt, El concepto de lo político; Struhart & Cia, Bs. As., 2015, p 37).
Empero, hasta ahí sólo se trata de lo que hace el enemigo. Y frente al enemigo siempre tiene lugar la actividad del enemigo de ese enemigo, que vendría a ser un “nosotros” un tanto improcedente pero funcional a la didáctica imprescindible para comprender lo que ocurre. Y lo que ocurre es que Venezuela es un país al que le han amputado el órgano más eminente de su sistema político, id es, le han secuestrado a su presidente, no obstante lo cual el canal “bolivariano” Telesur exhibe mayestáticas ceremonias con zócalos de este tenor: “Ascensos y condecoraciones a los héroes y mártires caídos en defensa de la patria…” (¡…!). En psiquiatría, esa disociación se llama esquizofrenia y es una patología incurable. En política también. La operación militar estadounidense en Venezuela, a lo que parece hasta hoy, ha dejado al frente del país a un conjunto de funcionarios dispuestos, sobre todo, a redefinir la ecuación energética del país en los términos exigidos por el presidente norteamericano con tal de que éste los deje seguir en el “poder”, pues este lugar simbólico es lo que les permite conservar su libertad y su vida. Eso es, a lo que parece, lo que está pasando en Venezuela. Hombre práctico como ninguno el “naranja”: a qué ponerse a trabajar en Venezuela si puede poner a los otros a trabajar para sí. Los negocios requieren orden, no caos. Y no importa quién provea ese orden. El error, en Afganistán, fue quedarse allí a encargarse de la gestión pública, tarea que bien pudo atribuirse a los propios afganos. A lo que parece, eso es lo que ocurre.
Empero, ni el sofista Trasímaco ni el jurista alemán recién citado inspiran a Donald Trump, ya que éste no pierde su tiempo no ya en lecturas inconducentes, sino en lecturas. Lo suyo (lo de Trump), aparece como si fueramero instinto de bruto envanecido por el dinero y el poder. Pero es una política concebida en los rudimentarios términos de malos contra buenos y, por ende, amigos/enemigos, como los nazis.
A todo esto, ¿qué dirá el partido Demócrata, que vive en Washington y en la costa Este? ¿Qué dirá el “progresista” Bernie Sanders, de Vermont? Hoy son “enemigos” de Trump, pero si mañana ganaran la elección (lo cual es más que probable) aprovecharán lo hecho por su enemigo (esto es,seguirían robando el petróleo de Venezuela) para continuar, luego, bregando por unos nobles propósitos: “la democracia, los derechos humanos y un orden mundial basado en reglas”.
Y así las cosas, secuestrar a un presidente imputándole la jefatura de un grupo gubernativo dedicado al narcotráfico en gran escala para luego entablar negociaciones con ese mismo grupo, torna no sólo estúpido todo el procedimiento, sino que legitima la conjetura de que un secuestro que deja en pie la totalidad del “régimen” era también, en buena parte, el estrépito necesario para velar en la coyuntura las fotografías de un presidente semidesnudo holgándose con menores de edad en los lupanares de un pedófilo, que es esto lo que agita a estas horas el partido Demócrata en Estados Unidos. Tal vez sea esto parte del asunto, no todo el asunto.
También amenazan con el “impeachment” contra Trump. El fundamento de los demócratas (que es el partido de la guerra contra Irak, contra Afganistán, contra Libia y ahora contra Rusia), alude a que la invasión a Venezuela no podía prescindir de la autorización del Congreso (Capitolio), sin incurrir en ilegalidad, porque se trata de un acto de guerra. Abre el paraguas, entonces, el presidente “autócrata” y, para conferirle un poco de verosimilitud a sus acusaciones, atina a dar órdenes discretas a la fiscalía para que, subrepticiamente, retire la acusación contra el presidente Maduro referida al “cartel de los soles”, algo que aquí, en la Argentina, sólo la interesada obsecuencia de los diarios Infobaey La Naciónjunto a la también interesada superficialidad de una ex ministra de Seguridad, daban por existente. Lo cierto es que el Departamento de Justicia de EE.UU. acusó, ya en 2020, al legítimo gobierno de Venezuela mencionando con todo detalle, en esa imputación, a un inventado “cártel” al que decían creer coludido con las FARC colombianas y con el presidente Gustavo Petro quienes, según esta fechoría mediática, pretendían “inundar” con cocaína a la sana, impoluta y pulcra sociedad estadounidense. En esa acusación propia de mafiosos al servicio de lo inconfesable, se zarandeaba al “cartel de los soles” cuarenta veces, pero ahora la fiscalía del distrito sur de Nueva York, silbando bajito y mirando para arriba, dejó de referirse a lo que nunca podría probar y desacreditaría aún más la denuncia contra el presidente Nicolás Maduro.
Mientras tanto, Roma no paga traidores y la mascarita del “nobel” cayó en su ley. El dueño de la Casa Blanca la considera poco menos que una estúpida que no inspira confianza dentro de Venezuela, así lo ha dicho. El caso es que la “dictadura de Maduro” ha mutado sus formas, y mucha progresía argentina, que botoneó duro y parejo por la tevé, deberá hallarse, a estas horas, batiendo palmas de beneplácito y bienvenida a la democracia que por fin ha llegado a Venezuela y ha acabado con la ignominia chavista. Diarios y canales “progresistas” no hay muchos en Buenos Aires, de modo que los nombres huelgan pero se divisan. Parece mentira, pero en los últimos meses esos medios adoptaron, respecto de Venezuela, un discurso, en lo sustancial, en línea con el Departamento de Estado.
Lo cierto es que para el periodismo libre no trabaja nadie o muy pocos en este país. El punto no es, respecto de estas defecciones éticas y profesionales, qué dirá el Santo Padre que vive en Roma, sino qué dirían de ellas Gregorio Selser y Rodolfo Walsh, que viven en el esforzado compromiso de unos pocos que se toman en serio esta profesión. Cuesta imaginar a ambos periodistas diciendo, a coro con Marco Rubio, que Chevron debe hacerse cargo del programa energético venezolano a partir de ahora.
Carecer de un discurso basado en principios y nutrido de voluntad de honrar, es el déficit que hace posibles las ofensivas de aquel enemigo que el citado Carl Schmitt consideraría su amigo. Sólo desde fuera del sistema legal se puede fundar nueva legalidad, antagónica a la legalidad existente. Y ese acto que funda, es la decisión,que es el instante políticopor antonomasia. Decisionismo schmittiano, se llama eso que hace Trump. Pues cobra una actualidad que nunca perdió el autor de Teología Política; sólo que ayer esa actualidad no era evidente, como lo es hoy. Está claro ya que, en el marco de la globalización, los parloteos en favor de “la democracia y el orden mundial basado en reglas”, o bien constituyen una estratagema ideológica con finalidad diversionista, o bien se trata de una coartada consciente de cierto progresismo que le permite eludir compromisos incómodos.
Ayer no aguantaron la presión y terminaron claudicando en la caracterización de Venezuela. Y no sólo. Siguen mirando de reojo a China y a Rusia, que tienen la mala costumbre de no contar con sistemas políticos perfectos. Y se incurre, entonces en el apuro: se mueve la lengua más rápido que el seso, cuando lo aconsejable es siempre el procedimiento inverso. Al parecer, en el marco de la globalización, China y Rusia tienen razones que la razón no conoce. Es algo que ya debería saberse. No es “el régimen” lo que desvela en Venezuela, sino el ducto virtual establecido con China que presupone y preanuncia algo peor: a soberanía energética de América Latina. Lo que vino a decir Trump es que nadie en América Latina es dueño de sus recursos ni puede disponer de ellos, si primero no lo autoriza EE.UU. A vosotros se atreve, argentinos, el orgullo del vil invasor.
Cuánto de lo que ocurre en el mundo de hoy, en particular en nuestra América Latina, es obra del enemigo de clase corporizado en Trump y Milei, y cuánto de eso que ocurre es el avance de los enemigos sobre el terreno que nuestras medrosas deserciones les dejan librado. De eso se trata, también. Tal vez principalmente de eso.
Ha alumbrado un segundo “encargado” en la presidencia de Venezuela (el primero fue Guaidó), y en ambos casos el encargo ha corrido por cuenta de Washington.No obstante, Delcy Rodríguez dijo, el 6 de enero, que su país no había pasado a ser gobernado por ningún “agente externo”. Y agregó: “Es el poder popular consolidado" (¡…!). Pero los interrogantes, de cara al futuro, surgen solos, pues todo indica que, si Trump no continúa con la agresión y las presiones, se hundirá en el más rotundo y estentóreo de los fracasos en un período caliente, en términos electorales, al interior de su propio país. Los demócratas sólo están esperando el instante preciso para saltarle al cuello y sepultar, de una buena vez, al rudimentario especialista en la compraventa de inmuebles, que esa es la sola calidad que puede exhibir Trump para ejercer la presidencia de su país. A la nueva presidenta de Venezuela, por eso, es probable que pronto le exijan que “expulse” de las relaciones con Venezuela a Cuba, a Irán, a Rusia y a China, y si fuera cierto que el poder popular está consolidado en Venezuela, nada de eso debería consumarse próximamente.
Por fin, queda en pie algo que siempre afirmó el chavismo y que ahora confirmó la operación delictiva que Estados Unidos perpetró contra el país de Bolívar. Si en algo insistió permanentemente el gobierno depuesto, fue en que la ”oposición” política estaba constituida por una caterva de incapaces rayanos en la imbecilidad, desde Capriles, Leopoldo López o Corina Machado hasta Edmundo González y Julio Borges, todos ellos ineptos para toda otra actividad que no fuera medrar y robar los dineros que con que las “oenegés” de Obama y Biden intentaban desestabilizar a Venezuela.
Esa inepcia opositora le fue transmitida a Donald Trump por sus servicios de informaciones, de modo tal que la operación criminal incluyó, de entrada, concederle a la burocracia gubernativa la opción de “quedarse” para hacer lo que a aquella menguada oposición de vedaba su propia incapacidad. Todo ganancia para Washington, así. Se quedan con el petróleo sin las penosidades de la gestión gubernativa.
Y además, acertaba aquel chavismo cuando decía que Nicolás Maduro había ganado en buena ley las elecciones con no menos de un 70 % de los votos. Esta afirmación fue refutada constantemente por los canales de derecha e incluso progresistas de todo el orbe, que afirmaban que a Maduro no lo apoyaba nadie más que su esposa e hijos. Hoy, después de que el tahúr hubo consumado lo nefando, esperaron la algarada multitudinaria de repudio al “dictador” depuesto, pero no han podido sino transmitir imágenes de apoyo al Presidente y de repudio al delito de lesa legalidad internacional perpetrado el 3 de enero pasado.
Mientras tanto, lo indisimulable es que el imperio americano ha jugado una baza fuerte y la suerte estuvo de su lado. Ahora irá por Irán, que es la otra supuesta base de sustentación hidrocarburífera de China. A los problemas que el gobierno confesional no ha sabido solucionar, se unen los “ingenieros del caos inducido” que responden a la “inteligencia M”, que connota al Mossad israelí y al MI6 británico, operadores a tiempo completo, a estas horas, en Teherán. Y caído el gobierno de Irán, de cuya ancestral cultura persa nada se sabe en occidente, todavía le quedarán a China los proveedores saudí y, sobre todo, ruso. Y en este vínculo, no entra ni Trump ni la madre que lo trajo al mundo. De modo, que ¿qué futuro tiene el imperio si para sobrevivir requiere que el alfa y el omega del capitalismo (que es la oferta y la demanda) se interrumpa a cada rato mediante el componente militar, ciertamente distorsivo de la libertad liberal. Como van las cosas, volverán los demócratas sus nidos a colgar, cual si fueran las oscuras golondrinas, y la guerra global, así, tendrá una nueva oportunidad, tal vez la última, pues más allá no habrá nada.
Lo cierto es que lo ocurrido sorprendió en todas las direcciones de la rosa de los vientos, en primer lugar, a los que sufrieron en sus cuerpos y de modo inmediato, la criminal agresión. No se llega tan fácil al dormitorio de un presidente de la Nación. Los que criticaban a “la dictadura de Maduro” tienen, ahora, motivos para celebrar. Felizmente, ha ganado la democracia y ya no hay más dictadura en Venezuela.
Nada está consolidado en la coyuntura política venezolana. El próximo paso de Trump, si quiere eludir un fracaso que sería su tumba política, es ir por la rendición del PSUV, lo cual abriría en Venezuela, la etapa de la guerra civil, que también sería un fracaso para este bizarro cruzado de causas intrínsecamente criminales.
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