-?
Si se observa a la política internacional a través de los dirigentes que ocupan el gobierno en los diferentes países, surge nítidamente que la renovada irrupción de Donald Trump -su llegada por segunda vez a la presidencia de Estados Unidos, tras haber sido elegido en noviembre de 2024- es el indicador más determinante de las grandes tendencias referidas a las disputas de poder a escala mundial durante 2025.
El gobernante estadounidense de extrema derecha comenzó su actual mandato en las primeras semanas del año que ahora finaliza, más precisamente el 20 de enero, como es regla constitucional en su país.
Y las decisiones fundamentales que llevó a cabo desde entonces -sin haberse cumplido aún los primeros doce meses de mandato- tanto hacia el interior de su propia sociedad como hacia el resto del mundo, llevan como marca distintiva la prepotencia imperial y la violencia a niveles extremos, al punto de haber iniciado una guerra contra pueblos y territorios de América Latina.
Este último tema (el de la guerra en la región latinoamericana) todavía no es considerado como tal en el conjunto de los discursos públicos, salvo excepciones muy contadas. A pesar de la evidencia de los hechos, la casi totalidad de los/las dirigentes, medios de comunicación y comentaristas en general, al menos en Argentina, aluden solamente a un “conflicto” y “escalada” en Venezuela, o a lo sumo a “amenazas” contra esa nación, sin identificar quién es la potencia agresora o incluso presentando la situación como si fuera un problema suscitado unicamente entre Trump y el presidente venezolano Nicolás Maduro.
Sin embargo, aunque hasta el momento de escribirse este artículo todavía no se habían producido ataques directos de EE.UU. al territorio del país suramericano, las maniobras bélicas estadounidenses comenzaron -solo teniendo en cuenta lo que es de conocimiento público, o sea más allá de lo que haya ocurrido de forma menos visible a los ojos de la sociedad- con el despliegue de una flota de guerra en el mar Caribe y en el océano Pacífico en agosto pasado.
A esa ofensiva le siguieron, a partir de septiembre, los bombardeos a lanchas en aguas caribeñas internacionales y el asesinato de sus tripulantes, y en diciembre el asalto e incautación de barcos que transportaban petróleo venezolano para exportación, y asimismo el secuestro de la tripulación. En los últimos días se sumó además el bloqueo naval.
También forman parte de la misma estrategia las declaraciones violentas de Trump contra Venezuela y contra Colombia bajo el eje propagandístico de “combatir al narcotráfico”, con el cual se pretende legitimar el terrorismo imperial. (Apenas como ejemplo, puede verse información del diario Página 12 a principios de este mes. Nota del 03/12/25).
Es decir que EE.UU. ya empezó una guerra en América Latina, aunque casi nadie lo llame de esa manera. Las personas comunes del pueblo no pueden -no podemos- saber lo que pasará de aquí en adelante, pero las acciones armadas perpetradas hasta ahora son concretas y aterradoras.
(El sitio de información contra-hegemónica “Enfant Terrible”, editado en Córdoba, publicó una valiosa crónica y crítica sobre el tema. Ese medio periodístico se define como “un colectivo de comunicadores impulsado por jóvenes” que trabajan “desde la comunicación autogestionada, entendida como un derecho y no como un negocio”. En un texto fechado al día siguiente de Navidad, señalan que “el robo de buques con petróleo venezolano y las masacres del Mar Caribe, ejecutadas a la vista del mundo, son una obscena muestra de la vigencia de las prácticas ilegales de Estados Unidos en la región, y una renovada señal de la escasa validez del derecho internacional”. El artículo se titula “Estados Unidos frente a Venezuela: tres petroleros robados y 106 civiles asesinados”. Nota del 26/12/25).
El caso argentino
El hecho de que Trump ejerza el mando en la sede política del imperio trasnacional capitalista, ha sido un factor decisivo para el fortalecimiento y la expansión de regímenes de ultraderecha en América Latina.
El caso más evidente es el de Argentina. El esquema económico de baja inflación y dólar barato que le permite al gobierno de Javier Milei obtener un considerable apoyo social -traducido electoralmente en los comicios parlamentarios de octubre pasado-, estuvo a punto de derrumbarse al menos dos veces este año.
Y en ambas ocasiones fue salvado por órdenes políticas de Trump, a costa de una deuda externa que pesa y pesará sobre las actuales y futuras generaciones de argentinas y argentinos: primero a través del préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI) en abril, y después mediante la intervención directa con fondos del Tesoro norteamericano en octubre, poco antes de las elecciones.
(Un comentario publicado por
en aquel momento destacaba que EE.UU. “tomó el control de la política económica nacional”, y que “las contra-prestaciones que exigirá a Argentina por haber rescatado del abismo político al gobierno servil con sede en Buenos Aires, permanecen en secreto. El pacto trumpista-mileísta se realizó en la clandestinidad y no hay conocimiento público acerca de sus implicancias". El artículo se titulaba "Posible final del país que existió durante dos siglos". Nota del 12/10/25).
Más allá del hermetismo entre el gobernante estadounidense y su súbdito argentino, este último se ocupa explícitamente de manifestar siempre su sometimiento -que arrastra a toda la Nación- bajo los intereses de la potencia hegemónica del Occidente global, incluso al precio de meter a nuestro país en una guerra.
Ello no solo forma parte de una perversidad moral y un desquicio psíquico evidentes, sino de un convencido extremismo ideológico a favor de EE.UU. y del capitalismo salvaje más cruel y violento. Una de las últimas muestras de semejante atrocidad fue precisamente el respaldo a los ataques norteamericanos contra Venezuela, lo cual lleva implícito el involucramiento nacional en la confrontación bélica ya iniciada.
Milei expresó su posicionamiento y -lo que es verdaderamente terrible- el de Argentina como país, en la reciente cumbre de presidentes del Mercosur, donde también actúa como "topo" para destruirlo desde adentro. (Una reseña de su discurso principal fue publicada por el diario La Nación, nota del 20/12/25).
De los años '90 hasta hoy
El 2025 que está terminando, fue el año en que resultaron elegidos por voto ciudadano la mayor cantidad de presidentes de derecha o ultraderecha en todo el sur continental, por primera vez en la historia.
Candidatos que fomentan el libertinaje capitalista absoluto -habitualmente llamado "neoliberalismo"- y el sometimiento de sus sociedades a las decisiones imperiales de EE.UU., ganaron en los cuatro países donde tuvieron lugar elecciones presidenciales: Ecuador (Daniel Noboa), Bolivia (Rodrigo Paz Pereira), Chile (José Antonio Kast, un extremista impúdico que reivindica a la dictadura de Augusto Pinochet) y Honduras (Nasry Asfura).
(Todos los nombrados tuvieron el apoyo manifiesto y público de Trump. En el caso del hodureño Asfura, su victoria surge de comicios impugnados por otros/as competidores/as. No obstante acaba de ser proclamado ganador, y además el resultado consiguió variados reconocimientos internacionales. Tema puntualizado por CNN en Español, nota del 25/12/25).
A lo largo de los años '90, en la última década del siglo pasado, también era frecuente la elección de mandatarios que representaban a los poderes económicos locales y extranjeros, y asimismo a la hegemonía estadounidense en el mundo. Fue el caso de, entre otros, Carlos Menem y Fernando de la Rúa en Argentina; Fernando Collor de Melo y Fernando Henrique Cardoso en Brasil; Luis Lacalle Herrera, Julio Sanguinetti y Jorge Batlle en Uruguay; Patricio Aylwin y Eduardo Frei en Chile; Gonzalo Sánchez de Lozada y Hugo Bánzer en Bolivia, etcétera.
Sin embargo en ese tiempo no existía el nivel de violencia discursiva, impunidad retórica y servilismo explícito a Estados Unidos como sucede actualmente. Todo era más sutil y disimulado, e incluso había candidatos -con Menem como ejemplo típico- que expresaban a fuerzas políticas de raigambre popular.
En la América Latina de la tercera década del siglo XXI, “ultraderecha” no solo implica discursos y políticas públicas agresivas y destructivas, instigación a la violencia social y política, eliminación de derechos civiles y conquistas sociales, y además fomento de sentimientos y acciones antidemocráticas, sino que significa promover un tipo de capitalismo cada vez más cruel e inhumano, y someter más todavía a los países bajo la dominación estadounidense.
(Estas mismas consideraciones formaron parte de un texto que publicó
hace dos años y medio, meses antes de la elección que terminaría ganando Milei. Allí se refutaba el argumento de que el entonces postulante de La Libertad Avanza expresara algún tipo de “rebeldía contra el sistema”, como decían incluso algunos/as comunicadores/as que eran contrarios a ese candidato. El artículo se titulaba “Ultraderecha significa hoy ultra-capitalismo y pro-EE.UU.”. Nota del 04/06/23).
Cuartos de siglo
Llega a su fin un periodo anual que empezó con la asunción de Trump. El máximo jerarca político de Occidente ha conseguido ampliamente sus propósitos de afianzar la dominación imperial, tanto mediante presiones, extorsiones y amenazas como a través de la violencia explícita contra Venezuela.
El “25” de la denominación numérica del año, indica que también concluye el primer cuarto de siglo. Pero el segundo cuarto de siglo empieza con las peores perspectivas.
A contramano de los deseos unánimes en los pueblos de todo el mundo para el 2026 que comienza, los Estados Unidos gobernados por el trumpismo dan muestras de que -con alta probabilidad, aunque la realidad futura no puede adivinarse- seguirán descargando su poderío militar contra personas, bienes y territorios de la región latinoamericana.
Frente al terrorismo y la guerra desatados por EE.UU. con el respaldo de cómplices como Milei y las demás ultraderechas o derechas, se alza la dignidad humanista, pacifista, patriótica y democrática de dos líderes -o un líder y una lideresa, para mejor decirlo- en las dos naciones más importantes al sur del río Bravo: Lula Da Silva en Brasil y Claudia Sheinbaum en México. Junto con él/ella, el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, de similares condiciones políticas y éticas, aunque el frente de un país con menor peso geopolítico.
Liderazgos nacionales como estos constituyen una fuente de esperanza y de posibilidades para atenuar o -en el mejor de los casos- detener la furia destructiva y asesina del poder imperial.
Pero las mayores fortalezas para defender la convivencia internacional pacífica, la soberanía de las naciones y el derecho de cada persona a vivir dignamente, deberían surgir desde las bases de la sociedad en cada país, incluida la sociedad estadounidense.
Todo está por verse. Mientras tanto, y a pesar de una realidad tan adversa, miles de millones de personas en cualquier lugar del planeta se empeñan -nos empeñamos- en compartir y manifestar los mejores anhelos para el Año Nuevo. Y así lo hacemos también en este portal de noticias, desde nuestra más profunda y auténtica expresión de deseos.
Va con firma | 2016 | Todos los derechos reservados
Director: Héctor Mauriño |
Neuquén, Argentina |Propiedad Intelectual: En trámite